No le gustaban los collares.
Decía que era imposible combinarlos correctamente con la anatomía de su cuello en los distintos momentos del día.
Por eso llevaba años coleccionando cuellos, cuellos intercambiables que se colocaba en lugar del suyo. Los buscaba entre mujeres de su edad y condición física de forma que el cambio no fuera excesivamente remarcable más allá de las cintas de sujección.
LLevaba un cuello simple para trabajar, uno carnoso y muy largo para las noches de pasión y para esos días de pereza se colocaba un cuello con bocio muy pero que muy hinchado...

No hay comentarios:
Publicar un comentario